Cuando eras un niño disfrutabas cruzando ríos a nado o simplemente andando, subiendo a los árboles hasta la última rama capaz de soportar tu peso. Hoy el reto era ascender el Almanzor en invierno: resultó ser un río demasiado ancho, una rama excesivamente delgada.
Como las expediciones que se precian, tuvimos nuestra jornada de aproximación al campo base.
Y cómo no, aderezamos la velada alrededor de una mesa (no faltó ni el turrón de Castuera).
La noche fue de completa calma... fuera del refugio. Por la mañana, el sol nos trajo las primeras vistas de nuestro objetivo y también recibimos los refuerzos de Don Benito: Camborio llegó puntual como el alba.
Empezamos la ascensión con un ánimo a prueba de desniveles. Después aparecieron los desniveles de la Portilla del Crampón. Las instantáneas reflejan nuestro ánimo y la portilla.

Pero un poco más arriba nos esperaban nuestros propios límites. Los reconocimos, los saludamos y emprendimos el descenso: la parte más importante de cualquier viaje a la montaña.Claro que esta crónica no estaría completa sin una foto de los Tres Hermanitos.

Seguimos bajando, sacando lo mejor de cada uno. Disfrutando de esta nuestra afición común. Y encantados de compartirla. "[...] Y también sé lo importante que es en la vida no necesariamente ser fuerte, sino sentirse fuerte. Medir tu capacidad al menos una vez. Hallarte al menos una vez en el estado más primitivo del ser humano. Enfrentarte solo a la piedra ciega y sorda... sin nada que te ayude... salvo tus manos y la cabeza."

De los diálogos de Hacia rutas salvajes.