"En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera, que vino a perder el juicio."
Alguna suerte de enajenación debimos sufrir nosotros también después de leer las biografías de los aventureros de finales del XIX y principios del XX. Hablamos de los Scott, Shackleton, Admunsen, Mallory,... pioneros en las nieves de la Antártida y el Everest.

Foto: Frank Hurley.

Si no no se explica que decidamos adentrarnos en la montaña una tarde invernal para regresar a la mañana siguiente justo cuando todos los partes meteorológicos aconsejan no salir de casa.
Caminamos en medio de la oscuridad. La luz de los frontales se dispersa en el aire al contacto con la nevada que nos acompañará de principio a fin. Difícil orientarse. Extraviamos el camino tres veces, y de no haber vuelto atrás cuando el error era evidente, esta crónica la estaríamos escribiendo desde Vitigudino. Para ilustrar nuestra desorientación, bástese decir que estuvimos a diez metros del refugio Elola, (nuestro destino), y pasamos de largo.
Pero nuestra buena estrella, (las otras estaban ocultas por las nubes), quiso que acabásemos degustando sopa y vino, durmiendo bajo siete mantas disfrutando de unas horas de sueño y silencio impensables en otras circunstancias.
Por la mañana café, saludo tempranero (y lejano) al Almanzor y su cohorte de Hermanitos, y vuelta a casa. Desde la altura de nuestras raquetas percibíamos la envidia de los montañeros que subían anclándose hasta las rodillas en la nieve que les había ganado por la mano en este fin de semana.
Será el profundo respeto que le tenemos a la montaña, serán los cielos y sus moradores que nos miran con benevolencia... nosotros seguimos agradecidos.